jueves, 24 de septiembre de 2026

Calor bajo tierra podría generar energía y ayudar a secar café y cacao en zonas rurales

 Bajo los suelos de una zona de la cordillera Central, entre Caldas, Tolima y Risaralda, hay una fuente de energía que no depende del sol, del viento ni de que los embalses estén llenos; es el calor de la Tierra. En 6 municipios de estos departamentos, investigadores estudiaron fuentes termales de hasta 80 °C y desarrollaron y probaron tecnologías para aprovechar ese calor en la generación de electricidad, el secado de café y cacao y la calefacción de viviendas e instalaciones rurales.

El estudio, liderado desde el Centro de Desarrollo Tecnológico Innterfaz de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Manizales, abarcó Manizales, Villamaría y La Dorada (Caldas); Murillo y Mariquita (Tolima), y Santa Rosa de Cabal (Risaralda).

Allí, un equipo de más de 50 profesionales y estudiantes de áreas como física, geología e ingeniería trabajó en la caracterización del territorio y en alternativas para aprovechar este recurso en actividades rurales.


l trabajo se concentró en la llamada geotermia de baja entalpía, que aprovecha fuentes de calor cercanas a la superficie y de menor temperatura. En lugar de buscar las altas temperaturas requeridas por las grandes centrales geotérmicas, el interés está en utilizar ese calor directamente en procesos que demandan menos energía, como la calefacción, el secado de productos agrícolas y, en determinadas condiciones, la generación de electricidad a pequeña escala.

Del calor bajo tierra a soluciones para el campo

Los municipios estudiados tienen actividad volcánica y presencia de aguas termales. Para conocer cómo se comporta el calor bajo tierra, el equipo analizó rocas y aguas, imágenes satelitales y datos recogidos por drones equipados con cámaras térmicas. Al integrar estos resultados con modelos del subsuelo establecieron cómo se distribuye el calor y en qué lugares tendría posibilidades de aprovechamiento.

En esta etapa no se hicieron perforaciones para extraer el recurso. El estudio buscó establecer dónde se concentra, cómo se distribuye y qué usos podría tener. Experiencias similares ya existen en otros países para calefacción, agua caliente, secado de productos e invernaderos.

A partir de esa caracterización y de las necesidades productivas identificadas en la región, el equipo diseñó y probó cuatro tecnologías para establecer cómo podrían adaptarse a las condiciones de estos territorios.

Una de ellas son las baterías térmicas, capaces de almacenar el calor para utilizarlo después, por ejemplo durante la noche para mantener calientes espacios productivos o en procesos como el secado de café y cacao.

La segunda aprovecha la diferencia entre el agua dulce y el agua termal para producir electricidad. Una membrana muy delgada mantiene separadas las dos aguas y la diferencia en la concentración de sales genera un movimiento y una presión que pueden utilizarse para accionar una turbina. En este caso, la energía no proviene de una caída de agua, sino de esa diferencia de salinidad.

Las bombas de calor geotérmicas, por su parte, aprovechan que a pocos metros de profundidad el suelo mantiene una temperatura más estable que en la superficie. Mediante un sistema de tuberías, ese calor puede trasladarse hasta viviendas u otros espacios sin necesidad de quemar leña o gas. Esta tecnología ya se utiliza en otros países y también ha sido probada de manera incipiente en Colombia.

La cuarta alternativa busca darle más de un uso a una misma fuente de calor. Si después de un primer proceso el agua conserva suficiente temperatura, esta puede aprovecharse nuevamente para secar café, cacao o frutas. Así se utilizaría mejor el recurso y se reduciría el consumo de combustibles como la leña.

Una alternativa para diversificar la energía

La posibilidad de aprovechar el calor bajo tierra cobra relevancia en un país en el que el 53,4 % de la capacidad instalada de generación eléctrica es hidráulica, según la Unidad de Planeación Minero Energética (UPME). Durante los periodos secos, la menor disponibilidad de agua puede afectar el aporte de las hidroeléctricas, mientras la generación solar y eólica depende de la disponibilidad de sol y viento.

En ese escenario, la geotermia no se plantea como sustituta de estas fuentes, sino como un complemento que, en los lugares con condiciones adecuadas, permitiría disponer de calor de manera constante y, en algunos casos, producir electricidad a pequeña escala.

“El calor del subsuelo es un recurso continuo; mientras las fuentes hídricas pueden bajar en sequía, la Tierra sigue entregando su energía día y noche. Por eso la geotermia de baja temperatura es una alternativa real para diversificar la matriz energética del país”, explica Jhonattan de la Roche Yepes, doctor en Ingeniería - Ciencia y Tecnología de Materiales e investigador del proyecto.

El agua preocupa a las comunidades

El proyecto también llevó la discusión sobre la geotermia a las comunidades de las zonas estudiadas. En encuentros y talleres, los habitantes conocieron las tecnologías propuestas y plantearon sus propias preocupaciones sobre lo que podría significar intervenir un territorio marcado por la actividad volcánica y la abundancia de agua.

En la vereda Nereidas, en la parte alta de Villamaría, las principales inquietudes estuvieron relacionadas con una eventual contaminación o disminución de los nacimientos de agua, el posible fracturamiento del subsuelo en una zona sísmicamente activa y los impactos que las tecnologías podrían tener sobre las actividades agrícolas y ganaderas.

La preocupación por el agua no es menor, ya que en las zonas estudiadas se encuentran afluentes de la cuenca alta del río Chinchiná, como los ríos Claro y Molinos, en Caldas; fuentes hidrotermales relacionadas con los ríos Lagunilla, Gualí y Recio, en Tolima, y la cuenca del río Otún, en Risaralda.

“Cuando le explicamos a las comunidades que no íbamos a hacer perforaciones invasivas y que el agua de sus nacimientos no se iba a contaminar ni a gastar, la acogida fue muy positiva”, señala De la Roche Yepes.

En estos territorios, actividades como los cultivos de papa, cebolla y frutales de clima frío, la ganadería de leche y el turismo ecológico forman parte de la economía rural. Por eso, entre los usos explorados están el secado de cosechas, la climatización de invernaderos y alternativas para disminuir el consumo de combustibles en viviendas y actividades productivas.

La investigación, que culminaría a finales de 2026, es dirigida por Elisabeth Restrepo Parra, profesora titular y directora de Innterfaz. El proyecto fue financiado por el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación y la Agencia Nacional de Hidrocarburos, con participación de la Corporación Autónoma Regional de Caldas y la empresa Gestión & Medio Ambiente S.A.S.

Uno de sus resultados será una base de información sobre el potencial geotérmico de los seis municipios estudiados. La UNAL también entregará materiales de divulgación y guías técnicas que puedan servir como insumo para incorporar el aprovechamiento del calor cercano a la superficie en proyectos y planes de desarrollo regional.

“Queremos entregar insumos claros para que las instituciones y los municipios piensen en la geotermia somera como un pilar clave en sus planes de desarrollo”, concluye el investigador.

 






lunes, 14 de septiembre de 2026

Mujeres indígenas replantean los roles de género desde sus saberes y su palabra

 ¿Quién cuida el fuego, prepara los alimentos o toma la palabra cuando una comunidad decide sobre su futuro? Mujeres indígenas de distintos pueblos amazónicos están llevando estas preguntas a la maloca para hablar de los roles que han heredado, las barreras que enfrentan para participar y los cambios que también involucran a los hombres. Saberes como la partería, el tejido, el manejo de la chagra y las plantas medicinales hacen parte de esta conversación.

En la Maloca Casa Hija de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) Sede Amazonia, mujeres de diferentes comunidades se reúnen para poner en común sus experiencias y conocimientos, pero también para revisar aquellas normas sociales que durante generaciones han marcado qué tareas corresponden a mujeres y hombres y quiénes participan en las decisiones.

La iniciativa “Voces invisibles, voces no oídas” es impulsada por Clara Isabel Ávila Ramos, estudiante de la Maestría en Estudios Amazónicos de la UNAL. El punto de partida son las voces y los conocimientos de las propias mujeres sobre la vida comunitaria, aunque los hombres también entran en una conversación que cuestiona cómo se distribuyen las responsabilidades, los cuidados y los espacios de participación.

“Buscamos que la palabra de la mujer sea escuchada y que este espacio en la universidad quede abierto para futuras charlas, donde se transmitan saberes tradicionales como la partería y el tejido de canastos”, explica la investigadora.

En la maloca, la conversación pasa de la palabra a prácticas y conocimientos concretos: partería, plantas medicinales, chagra y tejidos, pero también a las experiencias de las mujeres y a las condiciones que favorecen o restringen su participación en las decisiones familiares, comunitarias y políticas.

De la palabra a la participación

Para Tránsito Rodríguez, Kiñedekago —“La Flor de la Piña”—, sabedora Muinane del clan Piña, estos encuentros reúnen las voces de mujeres de distintos pueblos alrededor de conocimientos transmitidos de generación en generación.

“Aquí no vamos a ver ni clanes, ni colores, ni raza, aquí vamos a hablar de palabra de la mujer. Que la palabra de la mujer es fría, es dulce, es tranquila, ella da la paz al mundo”, afirma. Para ella, esa palabra puede reunirse “en un solo canasto, en una sola mochila” para ser compartida con otras mujeres.

Cambiar los roles también implica a los hombres

La discusión no se queda en abrir nuevos espacios para las mujeres. También pregunta qué tendrían que transformar los hombres para que esa participación sea posible. Uno de los resultados de los encuentros permite verlo: un mural colectivo en el que los roles cotidianos empiezan a cambiar.

En la obra aparecen la maloca, el fuego, los alimentos, los tejidos, la chagra, las plantas medicinales, la partería y el abuelo que mambea. Junto a ellos, los hombres preparan alimentos y cuidan el fuego, labores tradicionalmente asociadas con las mujeres.

Para Ana María Vargas, profesora de Sociología del Derecho de la Universidad de Lund (Suecia), quien acompaña el proceso, el mural permite hacer visible las normas sociales que determinan lo que se espera de mujeres y hombres.

“Las normas sociales son las expectativas de lo que nosotros debemos ser como mujeres o como hombres”, enfatiza.

Desde su perspectiva, el arte puede contribuir a imaginar otras formas de relacionamiento. “La mujer en el centro toma la palabra, pero para que esto cambie se necesita que el hombre también cambie. Se necesita que el hombre cuide del fuego, cuide de los alimentos”, señala la docente. Así, el mural traduce en imágenes una conversación que busca cuestionar aquello que durante generaciones se ha asumido como establecido.

Los tejidos elaborados por las participantes también hacen parte de esta construcción colectiva. Ivonne Maritza Chota Meléndez, integrante del resguardo indígena San Sebastián de los Lagos, destaca cómo estos saberes permiten reunir a mujeres de diferentes comunidades:

“Estaremos hablando sobre tejidos que elaboramos con nuestras manos, madres indígenas de los resguardos, diferentes resguardos. Hoy es un encuentro muy bello en esta maloca”.

En la Maloca Casa Hija los conocimientos transmitidos tradicionalmente en las familias entran en diálogo con la academia, mientras la investigación participativa permite que las propias comunidades intervengan en la discusión de los problemas que las atraviesan.

La iniciativa cuenta con la participación del Instituto de Estudios Políticos y Relaciones Internacionales (Iepri) de la UNAL, la Fundación ICLD y la Universidad de Lund. El trabajo también indaga por las barreras que enfrentan las mujeres indígenas para participar políticamente y pone sus experiencias en diálogo con las de comunidades de otros territorios, entre ellas las de Panajachel, Guatemala.

Según Sergio Lesmes, antropólogo del Iepri, una de las apuestas es que la conversación tenga continuidad después de los encuentros. “Estamos averiguando cuáles son las barreras y las dificultades que tienen las mujeres para poder participar políticamente”, explica. El propósito, añade, es “dejar este espacio como un legado, como un espacio vivo para que las mujeres de Leticia, de la Universidad y de las comunidades alrededor puedan seguir encontrándose para poder pensarse el futuro juntas”.





jueves, 10 de septiembre de 2026

Herramienta de datos orienta decisiones de la Universidad Nacional de Colombia tras el terremoto

 Identificar qué integrantes de una comunidad universitaria podrían estar relacionados con los territorios afectados por una emergencia requiere cruzar miles de registros y convertirlos rápidamente en información útil. Una herramienta desarrollada por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) permitió establecer que 8.960 de sus estudiantes proceden de municipios con amenaza sísmica alta, ubicados en los departamentos priorizados después del terremoto del 10 de agosto.

El tablero les ofrece a las directivas y dependencias autorizadas información organizada por sede, facultad, programa académico, departamento y municipio de procedencia. Con estos datos pueden delimitar la población que debe ser consultada, realizar acercamientos y orientar sus decisiones a partir de las necesidades que encuentren.

La cifra no significa que los 8.960 estudiantes hayan sido afectados ni que todos requieran apoyo. La herramienta tampoco sustituye el contacto directo con ellos. Su aporte consiste en reducir un universo de más de 55.000 registros y señalar por dónde podrían comenzar las acciones de las direcciones académicas y de bienestar.

Desarrollado por la Oficina de Planeación y Estadística de la UNAL Sede Bogotá, el tablero forma parte de una apuesta institucional por aprovechar los datos disponibles para responder preguntas concretas y apoyar la toma de decisiones.

“Empezamos a construir tableros de información que permitan ayudar a la toma de decisiones a partir de la información estadística”, explica Geraldo Millán Cuervo, jefe de Planeación de la Sede Bogotá.

Tres fuentes para delimitar la información

Para construir la herramienta se partió de la base preliminar de estudiantes matriculados durante el primer semestre de 2026, suministrada por la Dirección Nacional de Planeación y Estadística. Esta información se cruzó con los departamentos incluidos en el Decreto 1171 del 11 de agosto de 2026 y con la clasificación municipal del Reglamento Colombiano de Construcción Sismorresistente, conocido como NSR-10.

El decreto declaró por doce meses la situación de desastre nacional en Antioquia, Caldas, Cauca, Chocó, Quindío, Cundinamarca, Risaralda, Huila, Valle del Cauca, Tolima, Putumayo y Norte de Santander, además de los demás territorios que resultaran afectados.

La medida se tomó después del terremoto de magnitud 7,4, ocurrido el 10 de agosto a las 7:34 de la mañana, con epicentro en San José del Palmar, Chocó. Los reportes preliminares incluidos en el decreto daban cuenta de afectaciones en 330 municipios y señalaban que las capacidades de algunas administraciones territoriales habían sido desbordadas.

Una vez establecidos los departamentos, se identificaron sus municipios clasificados por la NSR-10 con amenaza sísmica alta. La norma contempla tres niveles, alta, intermedia y baja. En esta primera aproximación se eligió el nivel alto para obtener un grupo más acotado y útil para la respuesta inicial de la Universidad.

“Es un tablero de aproximación de información. Por eso no hay encuestas, sino que partimos de la información que tenemos”, señala Millán.

El cruce permitió pasar de una base de 55.261 matriculados a 8.960 estudiantes procedentes de los municipios seleccionados. De los registros disponibles, 155 no incluyen departamento ni municipio de procedencia.

Del dato general a posibles acciones

La herramienta permite aplicar filtros por sede, facultad, programa, nivel de formación, género, modalidad de admisión, estrato y lugar de procedencia. Este último corresponde al departamento, municipio o ciudad que el estudiante registró como su procedencia y no necesariamente al lugar donde nació o estudia actualmente.

Así, un estudiante matriculado en Bogotá, Medellín o Palmira puede conservar vínculos familiares y económicos con alguno de los territorios afectados. Conocer esta relación les permite a las dependencias universitarias establecer contactos más focalizados y comprender mejor las consecuencias que la emergencia podría tener sobre su vida académica.

Cada sede determina las acciones que puede desarrollar a partir de los datos. Entre ellas se encuentran el envío de comunicaciones, la programación de llamadas y la consulta directa sobre las condiciones de los estudiantes y sus familias.

La información no define de antemano qué debe hacerse ni clasifica a los estudiantes como damnificados. Permite saber a quiénes consultar para que las decisiones posteriores respondan a situaciones verificadas.

“Cada particularidad es distinta”, advierte Millán. Las necesidades de una Sede con más de 3.000 estudiantes incluidos en el tablero pueden ser muy diferentes de las de otra que registra unas pocas decenas.

Manizales es la Sede con el mayor número de estudiantes identificados, con 3.949. Le siguen Palmira con 2.345, Bogotá con 1.360 y Medellín con 1.217. En Tumaco se registran 58, en Amazonia 28, en La Paz 2 y en Orinoquia 1.

Por facultades, Ingeniería y Arquitectura de Manizales reúne 2.125 estudiantes. Ingeniería y Administración de Palmira registra 1.371, Administración de Manizales 1.168 y Ciencias Agropecuarias de Palmira 811.

Caldas encabeza los departamentos de procedencia con 3.530 estudiantes, seguido por Valle del Cauca con 2.375, Putumayo con 603, Cauca con 567 y Antioquia con 519.

En el nivel municipal, Manizales presenta la mayor cifra con 2.757 estudiantes. Después aparecen Villamaría con 332, Chinchiná con 126 y Riosucio con 73.

Una apuesta por decidir con evidencia

El tablero desarrollado después del terremoto forma parte de un conjunto de herramientas creadas por la Oficina de Planeación y Estadística para organizar, analizar y aprovechar la información institucional.

“Nuestra principal fuente de datos, indudablemente, es la Dirección Nacional de Planeación, que proporciona el dato oficial en muchos de los campos”, destaca Millán.

Entre los desarrollos se encuentran Sede en Cifras, Indicadores Estratégicos, Sede en Contexto, OPData y la plataforma de registro de informes de gestión. Estas herramientas permiten consultar tendencias históricas, comparar información entre facultades, relacionar variables y hacer seguimiento a diferentes procesos universitarios.

Otras, como la creada después del terremoto, cruzan bases institucionales con fuentes externas para responder a una necesidad específica.

“Todas estas herramientas buscan apoyar a las diferentes dependencias y a los tomadores de decisiones para que encuentren los datos que necesitan”, asegura el jefe de Planeación.