Mucho antes de que el mundo alabara a Totó la Momposina y de que su voz llegara a los festivales musicales más importantes del planeta o que fuera nominada a los Grammy, Sonia Bazanta Vides ya caminaba por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) como quien llega a su casa, y de alguna manera así era.
La artista, fallecida el pasado 17 de mayo a los 85 años,
también dejó una huella profunda en esta Universidad, en donde estudió,
construyó afectos y convirtió escenarios como la Plaza Central y el Auditorio
León de Greiff en puntos de encuentro para una Colombia que durante mucho
tiempo permaneció al margen.
Aquí conoció a su esposo, el médico internista Hernando
Oyaga, profesor de la Facultad de Medicina, con quien tuvo a sus hijos Marco
Vinicio, Angélica María y Eurídice Salomé, quienes también han dedicado buena
parte de sus vidas a la música y al legado artístico de su madre. Aquí estudió
música, y aquí también ayudó a sembrar algo que en esos años todavía parecía
extraño para buena parte del país: escuchar a Colombia desde sus tambores, sus
gaitas, sus cantadoras y sus pueblos olvidados.
La antropóloga Gloria Triana relató para la revista Nómadas de la Universidad Central que conoció a
Totó a comienzos de los años setenta, cuando casi nadie hablaba de ella. Una
tarde la vio cantar en televisión con una manta wayúu sobre los hombros y una
voz que no se parecía a nada de lo que sonaba entonces en la radio colombiana.
“En esa época hablar de diversidad cultural, de músicas
afrodescendientes o de patrimonio popular ni siquiera formaba parte de las
conversaciones académicas del país, pero Totó ya estaba allí, abriendo camino a
punta de tambor, cantos y tradición oral”, escribió la antropóloga Triana,
profesora de la UNAL.
Totó y Gloria recorrieron pueblos del río Magdalena buscando
cantadoras, tamboreros y bailes cantados que el país urbano apenas conocía, y
después de cada viaje volvían al campus de la Universidad en Bogotá.
“Este fue el primero de muchos viajes que generalmente
hacíamos en vacaciones para regresar a la Universidad Nacional, yo a dictar mis
clases y Totó a tomar lecciones de canto con el maestro Raúl Mójica en el
Conservatorio”, recordó.
En el Archivo Central e Histórico de la Institución se
conserva el formulario de inscripción de Sonia Bazanta de Oyaga al Departamento
de Música de la Facultad de Artes, fechado en 1973, cuando a sus 28 años
asistía a clases de “iniciación auditiva y coro” mientras comenzaba a abrirse
camino como una de las voces más poderosas de la música colombiana.
La Universidad que abrió espacio para las cantadoras
La Universidad también fue uno de los lugares en donde Totó
compartió más veces su música con Bogotá. En la Plaza Central y en el
emblemático Auditorio León de Greiff llegaron a sonar gaitas, bullerengue y
chandé gracias a artistas como Totó, Petrona Martínez, Leandro Díaz, Los
Gaiteros de San Jacinto o Batata III, el legendario tamborero palenquero que
Totó ayudó a proyectar y cuya fuerza terminó marcando buena parte de su
historia musical.
En aquellos años noventa y comienzos del nuevo siglo estos
escenarios también empezaban a ver nacer otras músicas y otras generaciones.
Por allí pasaban agrupaciones como Aterciopelados, 1280 Almas o La 33, pero
Totó tenía algo distinto: cuando ella aparecía el campus parecía cambiar de
ritmo. Los tambores ocupaban el aire frío de Bogotá, y por unas horas la
Universidad se convertía en un pedazo del río Magdalena.
Por eso nunca dejó de regresar a la Universidad cada vez que
la invitaban. Una de esas visitas ocurrió en 2018, durante la celebración de
los 70 años de la UNAL Sede Manizales, cuando ofreció un concierto en el Teatro
Los Fundadores ante más de 1.200 personas.
Esa noche dejó una frase que hoy cobra todavía más fuerza:
“el arte no se hizo para volverse millonario sino para entregárselo al pueblo
con respeto y con amor. El escenario es como un templo y se debe hacer lo que
corresponde”.
Y quizá esa fue siempre la relación de Totó con la
Universidad, nunca vino solo a cantar, vino a compartir un país que durante
mucho tiempo permaneció arrinconado, invisible o silenciado. Un país de
cantadoras, tamboreros, palenques, pueblos ribereños y memorias
afrodescendientes e indígenas que ella ayudó a poner en el centro de la
conversación cultural colombiana.
“A las cantaoras nos compete, a través de la música
ancestral, construir el sentido de pertenencia de un país y un continente”,
indicó la cantautora durante su presentación.
Mientras Colombia se prepara para despedirla con tres días de duelo nacional y un homenaje póstumo de cuerpo presente en el Capitolio Nacional, la UNAL también recuerda a la mujer que convirtió sus escenarios en un lugar para las voces, los tambores y las memorias de la otra Colombia.
Hoy quedan las fotografías y las noticias publicadas en
Unimedios que acompañaban cada una de sus visitas a la UNAL, los recuerdos de
sus conciertos en la Plaza Central y el Auditorio León de Greiff, y la memoria
de quienes la vieron caminar por el campus como alguien cercano, casi de la
casa.





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