martes, 26 de mayo de 2026

Totó la Momposina hizo de la UNAL un escenario para la otra Colombia

 Mucho antes de que el mundo alabara a Totó la Momposina y de que su voz llegara a los festivales musicales más importantes del planeta o que fuera nominada a los Grammy, Sonia Bazanta Vides ya caminaba por la Universidad Nacional de Colombia (UNAL) como quien llega a su casa, y de alguna manera así era.

La artista, fallecida el pasado 17 de mayo a los 85 años, también dejó una huella profunda en esta Universidad, en donde estudió, construyó afectos y convirtió escenarios como la Plaza Central y el Auditorio León de Greiff en puntos de encuentro para una Colombia que durante mucho tiempo permaneció al margen.

Aquí conoció a su esposo, el médico internista Hernando Oyaga, profesor de la Facultad de Medicina, con quien tuvo a sus hijos Marco Vinicio, Angélica María y Eurídice Salomé, quienes también han dedicado buena parte de sus vidas a la música y al legado artístico de su madre. Aquí estudió música, y aquí también ayudó a sembrar algo que en esos años todavía parecía extraño para buena parte del país: escuchar a Colombia desde sus tambores, sus gaitas, sus cantadoras y sus pueblos olvidados.

La antropóloga Gloria Triana relató para la revista Nómadas de la Universidad Central que conoció a Totó a comienzos de los años setenta, cuando casi nadie hablaba de ella. Una tarde la vio cantar en televisión con una manta wayúu sobre los hombros y una voz que no se parecía a nada de lo que sonaba entonces en la radio colombiana.

“En esa época hablar de diversidad cultural, de músicas afrodescendientes o de patrimonio popular ni siquiera formaba parte de las conversaciones académicas del país, pero Totó ya estaba allí, abriendo camino a punta de tambor, cantos y tradición oral”, escribió la antropóloga Triana, profesora de la UNAL.

Totó y Gloria recorrieron pueblos del río Magdalena buscando cantadoras, tamboreros y bailes cantados que el país urbano apenas conocía, y después de cada viaje volvían al campus de la Universidad en Bogotá.

“Este fue el primero de muchos viajes que generalmente hacíamos en vacaciones para regresar a la Universidad Nacional, yo a dictar mis clases y Totó a tomar lecciones de canto con el maestro Raúl Mójica en el Conservatorio”, recordó.

En el Archivo Central e Histórico de la Institución se conserva el formulario de inscripción de Sonia Bazanta de Oyaga al Departamento de Música de la Facultad de Artes, fechado en 1973, cuando a sus 28 años asistía a clases de “iniciación auditiva y coro” mientras comenzaba a abrirse camino como una de las voces más poderosas de la música colombiana.

La Universidad que abrió espacio para las cantadoras

La Universidad también fue uno de los lugares en donde Totó compartió más veces su música con Bogotá. En la Plaza Central y en el emblemático Auditorio León de Greiff llegaron a sonar gaitas, bullerengue y chandé gracias a artistas como Totó, Petrona Martínez, Leandro Díaz, Los Gaiteros de San Jacinto o Batata III, el legendario tamborero palenquero que Totó ayudó a proyectar y cuya fuerza terminó marcando buena parte de su historia musical.

En aquellos años noventa y comienzos del nuevo siglo estos escenarios también empezaban a ver nacer otras músicas y otras generaciones. Por allí pasaban agrupaciones como Aterciopelados, 1280 Almas o La 33, pero Totó tenía algo distinto: cuando ella aparecía el campus parecía cambiar de ritmo. Los tambores ocupaban el aire frío de Bogotá, y por unas horas la Universidad se convertía en un pedazo del río Magdalena.

Por eso nunca dejó de regresar a la Universidad cada vez que la invitaban. Una de esas visitas ocurrió en 2018, durante la celebración de los 70 años de la UNAL Sede Manizales, cuando ofreció un concierto en el Teatro Los Fundadores ante más de 1.200 personas.

Esa noche dejó una frase que hoy cobra todavía más fuerza: “el arte no se hizo para volverse millonario sino para entregárselo al pueblo con respeto y con amor. El escenario es como un templo y se debe hacer lo que corresponde”.

Y quizá esa fue siempre la relación de Totó con la Universidad, nunca vino solo a cantar, vino a compartir un país que durante mucho tiempo permaneció arrinconado, invisible o silenciado. Un país de cantadoras, tamboreros, palenques, pueblos ribereños y memorias afrodescendientes e indígenas que ella ayudó a poner en el centro de la conversación cultural colombiana.

“A las cantaoras nos compete, a través de la música ancestral, construir el sentido de pertenencia de un país y un continente”, indicó la cantautora durante su presentación.

Mientras Colombia se prepara para despedirla con tres días de duelo nacional y un homenaje póstumo de cuerpo presente en el Capitolio Nacional, la UNAL también recuerda a la mujer que convirtió sus escenarios en un lugar para las voces, los tambores y las memorias de la otra Colombia.

Hoy quedan las fotografías y las noticias publicadas en Unimedios que acompañaban cada una de sus visitas a la UNAL, los recuerdos de sus conciertos en la Plaza Central y el Auditorio León de Greiff, y la memoria de quienes la vieron caminar por el campus como alguien cercano, casi de la casa.







No hay comentarios:

Publicar un comentario