A veces escribe durante los descansos del turno; otras veces, las palabras aparecen después de observar una conversación, una pareja caminando o el silencio de la madrugada. Carlos Alejandro Sarmiento Parra, vigilante de la Universidad Nacional de Colombia (UNAL), lleva más de media vida escribiendo poemas sobre el amor, la soledad, la guerra, el dolor, y “esa sensibilidad que Colombia ha ido perdiendo poco a poco”.
Todo comenzó cuando Carlos tenía 17 años, y en medio de un
enamoramiento juvenil empezó a escribir poemas en una máquina de escribir
mientras estudiaba en el colegio. Su profesor de español lo animaba a leer
algunos textos en clase y poco a poco descubrió que las palabras se podían
convertir en refugio y compañía, y también en una forma de entender lo que
sentía.
“Amor, amor, amor, lo añoro, lo quiero, lo siento y
presiento; amor, amor, amor, te busco en las noches y te encuentro en mis
pensamientos”, recuerda de uno de esos primeros poemas escritos en la
adolescencia, cuando todavía no imaginaba que décadas después terminaría
publicando un libro.
Con la llegada del trabajo, las obligaciones y la vida adulta, los escritos de Carlos quedaron guardados durante años, casi como una versión dormida de sí mismo. Trabajó en distintos oficios, enfrentó momentos económicos difíciles y terminó llegando al sector de la vigilancia privada, un trabajo que le ha permitido sostenerse mientras sigue observando silenciosamente la vida cotidiana que luego aparece en sus poemas.
Pero todo cambió después de que sufrió una obstrucción
intestinal que lo llevó varias veces a cirugía. Durante las hospitalizaciones
pasó largos periodos enfrentándose al miedo, al dolor físico y a preguntas
personales que había aplazado durante años. En medio de las recuperaciones
volvió a abrir aquellas carpetas antiguas y descubrió que seguía necesitando
escribir.
“La enfermedad me llevó a replantearme la vida, la relación
de pareja y muchas cosas personales. Y en ese proceso volví a escribir, pero ya
con más profundidad, con más inspiración y más vida”, cuenta.
Así nació Poética ignición, un proyecto
literario publicado de manera independiente en septiembre de 2025, compuesto
por 66 poemas que recorren temas como la guerra, el dolor, la paz, la soledad y
las emociones que muchas veces permanecen ocultas.
El libro comenzó a circular en redes y plataformas
literarias digitales, y recientemente fue reconocido en Italia con el “Premio
especial en poesía extranjera” de la Convocatoria Romeo y Julieta, realizada en
Cosenza en 2025.
También recibió menciones en la Alianza Literaria México,
Portugal y el Mundo (2024) y obtuvo el segundo lugar internacional por la
creación del Cántico del Movimiento Internacional “El Universo
de Letras Poéticas”.
“Para mí esos reconocimientos no son solo premios
literarios, sino que también representan la posibilidad de demostrar que la
poesía todavía tiene un lugar en medio de una sociedad marcada por la
velocidad, el miedo y la indiferencia”.
“La poesía debe ayudarnos a recuperar la sensibilidad; en
Colombia nos cuesta mucho abrir el corazón, conversar, confiar en el otro.
Vivimos con miedo a sentir o a ser defraudados”, reflexiona Carlos.
Escribe para no dejar morir lo que siente
En sus poemas aparecen tanto las heridas colectivas del país
como preguntas profundamente personales. La primera parte del libro aborda
temas sociales y humanos; la segunda se mueve hacia la introspección, el
autoconocimiento y las emociones más íntimas.
“Primero hay que conocerse uno mismo y después intentar
conocer el mundo”, dice.
Aunque hoy trabaja en seguridad privada, oficio al que llegó
después de enfrentar dificultades laborales y falta de oportunidades, Carlos
nunca dejó de observar el mundo con la mirada de un poeta.
Desde hace dos años y medio trabaja en la UNAL, y en los
descansos entre turnos en el Edificio Uriel Gutiérrez sigue escribiendo, muchas
veces inspirado por escenas cotidianas del campus. A veces basta una pareja
caminando, una conversación breve o alguien esperando en silencio para que
aparezca un nuevo poema.
“La poesía nace justamente de esos instantes que casi
siempre pasan desapercibidos para los demás. Escribir no es una actividad
separada de la vida diaria sino una forma de atravesarla; por eso tengo ‘dos
vidas’: la del vigilante y la del escritor”.
“Uno ejerce el trabajo, y cuando puede escribe sobre lo que
siente, observa o vive. Lo importante es no dejar morir lo que uno lleva por
dentro”, afirma Carlos.
“En una sociedad capitalista, imagínese uno escribiendo
poesía… mucha gente piensa que eso no sirve para nada, pero yo creo que sí
sirve, sirve para salvarse”, afirma mientras esboza una sonrisa.
Poética ignición también unió a las generaciones
de su familia, pues las ilustraciones de la primera parte del libro fueron
hechas completamente a mano por su hija de 17 años, quien leía cada poema y
luego dibujaba libremente lo que le transmitía cada texto.
“Ella hizo todas las ilustraciones sin inteligencia
artificial; leía el poema y dibujaba lo que sentía”, cuenta Carlos con orgullo.
Además, la segunda parte incluye dibujos donados por un tío
suyo que algún día soñó con estudiar arte, aunque nunca lo pudo hacer.
La poesía como proyecto de vida
Además de escribir, Carlos ha comenzado a compartir sus
textos en lecturas públicas y espacios digitales de poesía reflexiva, en donde
suele leer en voz alta poemas que hablan de la fragilidad humana, del amor
persistente y de las heridas emocionales que muchas personas cargan en
silencio. También ha incursionado en procesos de enseñanza de escritura
creativa.
Al hablar de poesía lo hace como quien habla de algo
necesario para sobrevivir. Cita de memoria versos de Miguel Antonio Caro,
Epifanio Mejía y Julio Flórez, autores que lo han acompañado desde joven y que
todavía recita cuando tiene oportunidad.
Ahora prepara nuevos proyectos: el segundo libro está
terminado y espera conseguir apoyo para publicarlo, y el tercero, todavía en
construcción, reunirá microrrelatos y cuentos breves bajo el título Devoción,
amor y compasión.
“Lo que uno sueña sí se puede cumplir. A veces se demora,
pero llega”, dice, y vuelve a sonreír antes de regresar a su turno en el quinto
piso del Uriel.






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